Semblanza

Manuel Zorrilla de la Torre nace el 26 de abril de 1919 en Buenos Aires, en el barrio de Saavedra. Sus padres españoles, llegados a Argentina con esa inmigración europea, de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, que venían tal vez con poco bagaje económico, pero con valores morales bien adquiridos y conocimientos como para “saber hacer cosas” y que tanto contribuyeron al desarrollo del país.

La educación impartida fue muy estricta, tanto para él como para sus hermanos, en cuanto a los valores y principios de vida, pero con amplia libertad para el desarrollo de sus vocaciones. Los surcos seguidos por cada uno fueron muy diferentes pero todos se destacaron en su actividad.

Su padre Manuel Zorrilla, quien había hecho estudios de Bellas Artes en España, supo descubrir desde temprano la vocación de su hijo por el dibujo. Comprendió cuando éste le anunció que abandonaba la escuela y lo encaminó, dentro de sus posibilidades, en el comienzo de su carrera. Su padre ha sido y sigue siendo su guía espiritual.

Los principales elementos que caracterizan su personalidad: es eminentemente intuitivo, con gran sentido de observación, trabajador infatigable, lo anima un deseo constante de superación y es de naturaleza “optimista” cree que un mundo mejor es siempre posible.

Ha reivindicado siempre su libertad de sentimientos, de pensamiento y de creación. Por consiguiente, el aprendizaje en autodidacta es el método que más le ha convenido para su formación. Sin embargo supo captar las enseñanzas que le prodigó su entorno en un comienzo.

Dibujó incansablemente en el Jardín Zoológico, en el Jardín Botánico, tratando de captar junto con las figuras los movimientos y la atmósfera que las rodeaba. Concurrió a la Sociedad de Bellas Artes, posteriormente al Círculo de Bellas Artes para dibujar el desnudo, actividad que mantendrá durante una decena de años. Las plazas y los parques de Buenos Aires le han permitido estudiar el retrato de niños.

Dos encuentros lo marcaron profundamente e influyeron en la continuación de su obra. El primero en la década del cuarenta, con el pintor y escultor italiano Alcides Gubellini quien le diera acertados consejos sobre sus dibujos y posteriormente guiara sus primeros pasos en la pintura al óleo y que también lo aconsejaba “Manolo también tenés que escribir”. El segundo fue en la década del sesenta, con el Dr. José María Monner Sans, en ese entonces decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Sus numerosos encuentros para conversar sobre arte y poesía fueron determinantes para comenzar a expresarse también en ese género.

Sus divisas han sido siempre, el verdadero artista debe saber pintarlo todo y lo representado debe respetar un equilibrio de formas y una armonía en el color.

Su método de trabajo fue siempre documentarse sobre el tema a desarrollar valiéndose especialmente del dibujo al natural hasta captar bien del contexto, luego extrae los elementos que le interesan y con ellos realiza la obra, según su visión personal ya sea en pintura o en escultura.

La vida en comunidad de los pueblos originarios del noroeste de la Argentina, la del carioca en Brasil las ha dibujado para estudiarlos como un etnólogo hasta impregnarse bien de su cultura para luego realizar sus cuadros más conceptuales. De la misma manera estudió el trabajo en el campo y en las fábricas. Las flores y las plantas las ha dibujado con el rigor de un botanista pero con la poesía del artista.

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